Jueves, 01 de Enero de 2015
Miércoles, 06 de Diciembre de 2006

Cultive sus piernas

Si usted creía que no existía relación alguna entre sus piernas y las patas de un pollo, si pensaba que estas aves sin vuelo no tenían para darnos más que una solución para la cena, asómese a la lección de vida que nos brindan en El tema fueron las piernas.

Partiendo de una metáfora que une las piernas enfermas con la falta de rumbo en la vida, en El tema fueron las piernas la existencia parece dividirse en dos. Hay quienes saben caminar y hay quienes deambulan esperando que les crezcan alas. Y si después de tanto viaje, Gulliver encontró en los equinos la forma de vida perfecta, Laura Mantel (autora y directora de la obra) la encuentra en los pollos. Dado que éstos pueden elegir entre volar o caminar y optan por esto último, superan al hombre, que no se resigna con lo llano y vaga sin norte. ¡Y vaya que los pollos tomarán represalias ante tanto desvarío…!

Alrededor de esta idea atractiva, sólida y hasta poética, que constituye la médula de la pieza y que es explicitada en cierto momento de la misma, acontecen peripecias que incluyen desde una muerte sospechosa, hasta un cadáver arrastrado por un anciano, una investigación policial infructuosa, una fiesta que no termina de armarse y un par de pollos en una cocina fuera de campo, además de algunas filiaciones dudosas y los consabidos triángulos amorosos (aunque, dada la complejidad de las relaciones representadas últimamente en nuestro teatro, quizás ya se estaría haciendo necesario recurrir a polígonos más copiosos).

El comienzo es potente e in media res: un hombre sollozando frente al cadáver de una mujer, colocado de espaldas al público. De pronto, este señor toma el cuerpo y se lo lleva en loca carrera, perseguido por otro sujeto. A partir de allí, las situaciones se suceden y se entremezclan, cosidas con un hilo quizás demasiado delgado, al punto que, por momentos, pareciera romperse.

La escenografía es, definitivamente, el elemento más pregnante de la puesta, encuadrando y cercando a los personajes y permitiéndoles sus frenéticas y constantes entradas y salidas. En relación con el vestuario, los objetos y los sonidos (el ring del teléfono y el timbre resaltan por su evidentemente buscada artificiosidad), la puesta hace surgir un universo imposible de datar en el tiempo, participando indistintamente de cualquiera de las cuatro décadas pasadas, sin decidirse por ninguna, lo cual contribuye a la atmósfera enrarecida que domina la propuesta.

Las actuaciones consiguen sostener lo fragmentario de los incidentes narrados, aunque tal vez esto mismo les impida obtener mayor profundidad. Las particularidades de cada personaje se hallan bien definidas (acaso como resultado del proceso de improvisaciones que diera origen a la obra), aunque en el montaje final algunos encuentren mayor desarrollo que otros, como es el caso del desesperado detective Velasco y de la perturbada Lucrecia.

Que el otro personaje con mayor desarrollo se halle fuera del alcance de la vista de los espectadores y sea un pollo, deja en claro la indudable apelación al registro absurdo, recurso que adquiere dimensiones apoteóticas hacia el final de la obra. Pero sucede que quizás haya pocas cosas tan difíciles de alcanzar como el absurdo. Porque simula ser incoherencia, pero no es y si parece ser mezcla caprichosa de elementos, es, en realidad, un auténtico ejercicio de ingeniería. Por eso, toda propuesta artística que se proponga arribar a él, corre con múltiples riesgos, porque el absurdo es esquivo y el camino está plagado de desvíos. El tema fueron las piernas emprende este periplo y logra, por momentos, rozar la meta, pero no consigue instalarse en ella plenamente.

Publicado en: Críticas

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